Capítulo 04.

Bastián Leroy:

—Tu hermano me contó de todo el drama que hubo en un seminario al que fueron —menciona mi padre, quien viene cargando unas bolsas enormes de harina.

Niego con mi cabeza y me acerco hacia él.

—No me sorprende que te haya ido con el chisme, me sorprende que se tardara.

—En realidad, me lo contó anoche mismo, por un audio. Aún no me acostumbro a esas nuevas cosas en los celulares. Yo ya le estaba respondiendo como si estuviésemos en una llamada telefónica y luego me acordé que era un audio. Tenía que grabar mi voz. Qué cosa tan espeluznante.

—Iba a suplicarle que pasara más tiempo contigo, pero voy que no hace falta.

—Es joven, hijo. Es completamente normal que quiera salir y divertirse con sus amigos. Me parece perfecto que haga eso, siempre y cuando no deje de lado sus estudios. Ya se lo dije.

—Yo no era tan… así. —Ni siquiera sé cómo llamar a ese tipo de personas.

—Eso es cierto, ustedes han sido muy distintos en todos los aspectos. Sin embargo, y aunque tú creas que él debe ser más como tú, yo opino que debería ser al revés.

—¿Cómo es eso? —Mi padre me mira con fijeza. Él sabe que cualquier consejo que me dé voy a seguirlo. Es un hombre sabio y sus sugerencias y experiencias en la vida lo han llevado muy lejos. Me ha ayudado mucho. Gracias a él soy quien soy y estoy donde estoy.

—Eres joven, Bastián. Tienes veinticuatro años y estás demasiado adelantado para tu edad. ¿Quién en estos tiempos de gradúa con veintiún años? ¿Quién logra trabajar para las grandes editoriales y periódicos de Francia? Y, mejor aún; ¿Quién ha hecho que los grandes jefes de esas empresas se peleen por un integrante que apenas tiene pocos meses allí? Y ni hablar de que los dejaste a todos tirados y seguiste tu propio camino. Si todos en Francia supieran quien eres, no tendrías descanso.

—¿Cuál es el punto de esto, padre? —Frunzo el ceño. He sido el hijo que todo padre quisiera tener. Me he centrado en los estudios, he sido el mejor en clases, en comportamiento, en el trabajo, en absolutamente todo. Miro como pretende ir a tomar otro saco de harina y niego con mi cabeza. Le hago señas de que yo sigo cargando los sacos y que él se encargue de ir haciendo las cuentas. Sé que tiene cincuenta años, pero no está muy bien de salud, y aunque él dice que está bien, prefiero no arriesgarme —. Yo trabajo con lo pesado y tú haces las cuentas y anotas el resto de cosas que hacen falta.

Veo a otros trabajadores entrar con más sacos de verduras y otros ingredientes que llevan las pizzas y les indico dónde van.

—Justo a esto que estás haciendo me refiero —dice mi padre de repente, y yo volteo a verlo. El suspira con cansancio y se sienta en el taburete que está frente a la encimera. Me acerco a él y dejo que vea el cuaderno. No le pregunto nada, porque sé que siempre se toma su tiempo antes de decir lo que sea que quiere decir: —. Siempre has sido el hijo perfecto, pero yo no quiero que mis hijos sean perfectos, quiero que sean felices.

—Soy feliz —le aseguro. Es así, lo soy.

—Sé que te gusta hacer lo que haces, pero también sé que estás metido en ese mundo y no te das cuenta de la amplitud del planeta, hijo. Hay muchas cosas afuera esperando por ti. Y no me refiero a que tengas que viajar, porque con esto no hablo solo de lugares, también me refiero a cursos, visitas, salidas, fiestas, una vida social. Hay que llevar una cosa a la par con la otra, y tú, hijo… tú no tienes eso. ¿O sí? —Enarca una ceja.

—No son cosas que necesito. Todo lo que me gusta es escribir…

—No, escribir no es lo único que te gusta. Puede que sea la cosa principal en tu vida, pero hay miles de otras cosas esperando por ti.

—¿Cómo cuáles? —Frunzo el ceño. De verdad que no lo estoy entendiendo.

—Allí está la cuestión. Yo no lo sé, y para que tú lo sepas debes salir de tu zona de confort, arriesgarte y tomar otros rumbos. Solo tenemos una vida con una infinidad de cosas para experimentar, no te quedes estancado en una sola. Amplía tus conocimientos, tus vivencias y experiencias, disfruta, conoce. Admito que a veces me dan ganas de decirle al mundo quien eres, porque creo que así, vivirías al extremo, pero disfrutarías más. Pasa que no soy el tipo de persona que obliga a otra a hacer las cosas. Yo solo aconsejo. Ustedes ya verán si lo toman o lo dejan.

—Pero no veo qué otra cosa podría hacer en mi vida. Ya lo tengo todo. Y quiero seguir ampliando mi carrera, pero solo en esa rama, no me interesa nada más.

—¿Cuántas veces te has enamorado, Bastián?

Respiro con fuerza y decido sentarme en el otro extremo de la encimera, sobre otro taburete. Quedo frente a él y lo miro fijamente. La verdad es que he pensado mucho en eso. Creo en el amor, no lo he vivido en carne propia, pero lo he presenciado en otros, y todavía espero mi momento.

—Tuve una novia: Grecia. La conociste —le respondo.

—Esa no fue la pregunta que te hice.

—Ella era una buena chica. La mejor de la clase. La más inteligente y amable. Era…

—Eso tampoco fue lo que te pregunté.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —Pregunto, tirando de mi cabello y pegando mi frente del mesón. Escucho su risa y hago un puchero que no puede ver ya que escondí mi cabeza. Me siento un niño pequeño regañado por su padre.

—Buenas, buenas, ha llegado lo más maravilloso de este hogar, de esta vida, de este planeta, de este… —Breidy llega lanzando sus manos al aire y lanzando las cortinas hacia los lados. Camina como un rey y yo ruedo mis ojos, antes de colocarme recto en mi asiento. Miro el rolex de mi muñeca y veo la hora que es, perfecto. Ha salido de su clase en horario.

—Haga silencio, muchacho, y siéntese usted también que esto va para ambos —lo regaña nuestro padre y mi hermana se calla, caminando hacia mi lado y sentándose.

—Amo cuando padre te lanza sus sermones, la mayoría de las veces lo hace conmigo —frota sus palmas, disfrutando del momento.

—Imbécil —no puedo evitar decirle.

—Responde mi pregunta, Bastián. ¿Cuántas veces te has enamorado?

—Uhhhhhh —se burla mi hermano, pero aprieta sus labios con fuerza, conteniendo su sonrisa, cuando mi padre le da una mirada de pocos amigos.

—Una vez.

—No te has enamorado nunca —afirma algo que yo sabía, pero no quería aceptar —¿Cuántas veces te has encontrado con alguna chica solo para pasar el rato? O chico. Sabes que aquí no juzgamos.

—No me gusta estar con alguien fuera de una relación. Lo sabes.

—Y me parece bien. Solo quiero que te des cuenta de que te estás perdiendo de la mejor etapa de tu vida por estar metido de lleno en el trabajo y los estudios. No has tenido descanso alguno en ese aspecto, no has vivido. No tienes tiempo para nada más. Trabajas en el día, me ayudas con la pizzería en las noches y los fines de semana te ejercitas o haces cursos, no tienes amigos, no sales a citas, no te diviertes. Eres un anciano en el cuerpo de un joven, y si sigues así, más adelante te vas a lamentar. Hasta yo tengo una cita romántica este viernes y como sé que tú no tienes nada que hacer, te harás cargo de la pizzería, ¿no es así?

—Es correcto… —susurro, avergonzado. Mi padre está abriéndome los ojos. Trago saliva y pienso en que sí, tiene toda la razón.

—Qué suerte que yo si vivo —silba mi hermano. Papá se inclina hacia adelante y le da un manotazo en la cabeza.

—Tú eres un desastre en tu vida. Ambos lo son. Uno es demasiado cerrado y se centra en una sola cosa y el otro un vividor que no mide sus acciones. Ambos deben encontrar un equilibrio, no pueden seguir así.

—Yo ya estoy enderezándome, jefito —así es como mi hermano llama a mi padre desde que vio una película mexicana donde un hijo llamaba ‘’jefe’’ a su padre —. Volví de lleno a mis estudios y, no dejaré de ir a fiestas, pero si me enfocaré en mis estudios.

—Me gusta escuchar eso. Aunque no creas que no sé que es porque tu hermano te ha amenazado con no ayudarte nuevamente si vuelves a chocar tu auto. Ya van dos veces, Breidy, a la tercera te quito el mercedes que te compré —amenaza. Tanto mi hermano como yo nos miramos.

Levanto mis manos en defensa cuando veo su mirada acusatoria.

—No fui yo. Tú y yo tenemos un trato y no rompo mis tratos, no le he dicho nada. Lo juro.

—Y eso me ha decepcionado bastante —una punzada de culpabilidad llega a mí al escuchar a mi padre decirme eso —. Jerry me lo ha dicho. Podrán ir a todos los mecánicos que quieran y yo siempre voy a enterarme, conozco a casi todos los de Francia. Yo también tuve una vida, queridos hijos, soy un hombre muy popular y conocido, así que piénsenlo dos veces antes de mentirme u ocultarme las cosas.

—Lo siento, padre —murmuro.

—Veinticuatro años en el cuerpo de uno de cincuenta. No, de cincuenta no, porque yo tengo cincuenta y tengo más vida social que tú —mi hermano se ríe.

—Ya deja de decir que tengo veinticuatro, los cumplo en una semana.

—Peor todavía —dice Breidy.

—Tú te callas. Ve a hacer esos ejercicios complicados que tienes que hacer —mi hermano abre sus ojos de manera exagerada. Esta vez soy yo quien se ríe.

—¿Cómo…?

—Vete, Breidy.

—Sí, jefito —Breidy se levanta y toma la mochila que había tirado en el suelo, antes de subir las escaleras.

Vivimos en un lugar de tres pisos. Toda la planta baja es un restaurante, el restaurante de pizza más famoso de toda Francia. Es la sede principal, puesto que es una cadena y tenemos otras sedes en otras ciudades, pero la de aquí, la de París, es la principal y más grande. El primer piso también forma parte del restaurante, pero está ambientada más para la comodidad de las personas, mientras que en la planta baja está la cocina, un bar y un escenario donde toca una pequeña banda, en el primer piso tiene luces bajas, está un poco más oscuro, con música relajante y mesas decoradas para citas románticas. El segundo piso es nuestra casa. Y sí, yo tengo departamento propio, pero sigo viviendo aquí también.

—¿Cómo sabes que tiene tareas? ¿Conoces a los profesores o algo así?

—Conozco a los mecánicos, clubes y policías de la ciudad, hijo, pero ¿los profesores?, nah. Ni siquiera me interesan.

—Entonces…

—Lo dije bromeando. No sabía que tenía tareas, pero fue muy acertado —exclama entre risas, volviendo a ponerle atención a su cuaderno, sin dejar de hacer anotaciones.

Niego con mi cabeza y saco el celular de mi bolsillo cuando siento como vibra y busco quien me escribe. Mis cejas se levantan cuando y una pequeña sonrisa se asoma en mis labios. Ella ha aceptado mi solicitud de amistad en I*. Sin poder evitarlo, reviso todo su perfil y me deleito con sus imágenes.

—Al parecer estoy un poco equivocado en una cosa; y es que, si no conocieras a alguien que te interesara, no tendrías esa enorme sonrisa en tus labios.

—Podría estarme riendo por algo más… —me encojo de hombros restándole importancia.

—Los padres conocemos a nuestros hijos, Bastián. Lo sabrás cuando tengas los tuyos propios.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo