Charlene se quedó mirando a su madre con una mirada entre seria y pícara.
—Te lo digo si me cuentas tu aventura con el hermoso señor Lancaster, mami —le dijo mientras se dirigían hacia el estacionamiento— Vale.
Por fortuna Charlotte iba caminando adelante mientras luchaba con las bolsas con lo que había comprado ese día, porque un intenso rubor cubrió de nuevo sus mejillas al escuchar a su hija.
—No, no vale, Charlene —le dijo en tono apurado— Son cosas de adultos y ustedes son muy jóvenes.
—¿T