La atmósfera de la cámara le resultaba pesada a Amaris mientras esperaba con ansiedad el regreso de los Ancianos.
La sala permaneció en un silencio sepulcral, a excepción de la agitada respiración de su padre, que luchaba contra su ira mientras sus ojos parecían escrutar su alma.
Ella no le tenía miedo a Leopold, pero el intenso odio que le transmitía era bastante desconcertante. Estaba segura de que si hubiera estado allí sola sin Dave a su lado, su malestar habría sido más que evidente.
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