Los tres permanecieron en la oficina de Eva hasta que la conmoción afuera pareció calmarse.
Eva se sentó con Amaris en el sofá, mientras el guardia se quedaba junto a la puerta, apoyado contra la pared con indiferencia, con los brazos cruzados.
El ambiente era lúgubre, como mínimo, y la tensión era casi palpable.
Los murmullos de Amanda parecían flotar a través de la puerta, junto con sollozos ahogados y palabras de consuelo provenientes de voces desconocidas.
Amaris supuso que se trataba de lo