Ella atrajo bastantes miradas, más que de costumbre, pero se encogió de hombros. No podía hacer mucho más que esperar que se calmara el furor.
Había dicho la verdad y quedaba por ver cómo la afrontaría su padre.
Cuando la puerta del despacho se cerró tras ella y se encogió de hombros para quitarse la chaqueta, vio un paquete perfectamente envuelto sobre su mesa, como si fuera un regalo.
No había ninguna tarjeta ni nada adjunto a las cajas, así que no tenía ni idea de dónde habían aparecido.
Se