Félix los guió y, en cuanto se abrió la puerta, los asaltó el olor metálico y dulzón de la sangre y Minerva hizo todo lo posible por no tener arcadas.
‘¡No!’ gritó Félix con incredulidad mientras corría hacia la cama, dejando huellas ensangrentadas en la sangre que se había acumulado en el suelo.
‘¡Estaba aquí mismo!’ Gritó angustiado mientras Minerva y Dave intercambiaban una mirada antes de aventurarse más adentro de la habitación.
‘¿Félix?’ preguntó Minerva, con la pregunta no formulada en s