Aoife alisó las sábanas de la cama de Amaris por lo que le pareció la millonésima vez aquel día, y se sentó pesadamente en el sillón que había a un lado de la cama.
La habitación aún conservaba ese olor estéril a desinfectante que parecía invadir tus sentidos y abrumarte cuanto más tiempo permanecías allí. Aoife había hecho todo lo que se le había ocurrido para intentar que al menos oliera un poco más a casa, pero fue en vano.
Los constantes pitidos y zumbidos de la multitud de máquinas que est