Ellos se despiden a gritos, así que me doy vuelta y sigo caminando. Llegamos al coche, nos subimos y nos vamos.
“Joder, Red. Lo lamento. Podrían haberte secuestrado, peor aún, matado... Se suponía que el club sería seguro”, grita con ira en su voz.
“No fue tu culpa. Además, fueron tus enseñanzas las que me salvaron hoy. No tuve suficiente tiempo para cambiar y si no me hubieras enseñado a defenderme en forma humana las cosas hubieran sido peores”, le digo. Colocando mi mano sobre su muslo para