CAPÍTULO 54

El suelo de piedra de la celda estaba helado, atravesando los finos pantalones de Gina con un frío cortante. Estaba sentada con la espalda apoyada contra la pared gélida, las muñecas sujetas por pesadas cadenas de plata que vibraban con una tenue y nauseabunda luz azul. Cada vez que intentaba invocar siquiera una pequeña porción de su magia de Nacida de la Luna, las cadenas pulsaban, enviando una descarga dolorosa por sus brazos que la dejaba jadeando por aire.

La pesada puerta de hierro de la
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