Gina tragó el cálido té de hierbas, dejando que el líquido dulce y terroso cubriera su garganta adolorida. Casi al instante, una extraña sensación refrescante recorrió sus venas. El agudo dolor en su mandíbula se atenuó, y soltó un suave suspiro mientras le devolvía el termo a Tasha.
—Gracias —susurró Gina, limpiándose el labio ensangrentado con el dorso de la mano—. De verdad ayuda.
—Por supuesto que ayuda, cariño —murmuró Tasha, con sus ojos verdes fijos en el rostro de Gina y una expresión d