—Gracias, Sofía —si ella no hubiera entrado en mi vida, queriéndome y amándome sinceramente, no sé en qué me habría convertido.
Después de guardar todos los dibujos terminados, apagué la computadora.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo Sofía fue correr hasta la puerta de mi habitación. —¡Mamá! —exclamó golpeando suavemente.
Al abrir la puerta, me informó entusiasmada: —¡Voy a lavarme los dientes y la cara!
—Adelante, adelante —salí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí—. Baja di