Era evidente que Sofía estaba muy triste, hablando entre sollozos: —Me desperté y no vi a mamá, pensé que me había abandonado.
La llevé de la mano a la sala donde se sentó obedientemente en el sofá, con lágrimas que no podía contener. Mientras le secaba las lágrimas, la consolé con voz suave: —Fue culpa de mamá, me desperté muy temprano y quise prepararte el desayuno, olvidé que te pondrías triste al no verme.
—¿De verdad? —preguntó Sofía con los ojos llorosos. —Por supuesto que sí —la tranquili