La voz irritada de Joaquín resonó a través del teléfono. Miré la pantalla y me di cuenta de que aún no lo había bloqueado:
—¿Y qué esperabas?
Mi tono despreocupado lo enfureció más:
—¿Tienes idea de que por no ir a recogerlo, el pobre niño estuvo solo en la entrada del jardín de niños hasta las nueve de la noche? —espetó entre dientes.
—Señor Echeverri, creo que está culpando a la persona equivocada —respondí tranquilamente.
—Ahora Carolina es su madre.
—Y yo...
Me levanté y caminé hacia el balc