Pero...
Gabriel, por primera vez, detestaba profundamente su propia estupidez. Se preguntaba por qué había tardado tanto en darse cuenta de lo maravillosa que era su madre.
—¿Podrías perdonarme? —suplicó entre lágrimas.
Lo observé llorar desconsoladamente, y curiosamente no sentí ninguna emoción —¿Realmente importa si te perdono o no?
Gabriel dejó de llorar abruptamente, mirándome desconcertado.
—Cualquiera que tome una decisión debe considerar sus consecuencias —le expliqué con serenidad—. Porq