Un marido para la princesa. Capítulo 18. La flor de Ángel dorado
Christian Goldman
Caminé un buen trecho, no quise que nadie me acompañara, ni siquiera uno de los choferes, cuando recorrí un par de kilómetros, paré un taxi que en ese momento venía pasando. Apenas subí le pedí al taxista que me llevara al muelle principal de la ciudad.
El conductor se inclinó hacia delante y puso en marcha el motor, ajustó el espejo retrovisor, me miró a los ojos y se sonrió de manera amable.
La luz del sol se coló por la ventanilla del auto, pegando en mis ojos, suspiré, a