—¿Juan ya llegó? —preguntó Liam. Su voz seguía siendo serena, pero rebosaba una autoridad absoluta que no admitía desobediencia.
—Todavía no, señor —respondió el guardaespaldas mientras reforzaba la llave con la que inmovilizaba el brazo de uno de aquellos matones.
Liam lanzó una mirada gélida hacia los cinco hombres que ahora permanecían completamente sometidos bajo el control de sus escoltas. En su rostro no había el menor rastro de inquietud, solo un desprecio absoluto.
—Llévenlos a la sala