Por fin cayó la noche.
El sedán negro de Liam se detuvo lentamente frente a la explanada de la nueva casa que, dentro de unos días, se convertiría en el hogar donde viviría junto a Isabella.
Las luces del jardín irradiaban un cálido resplandor dorado que se reflejaba sobre las sólidas paredes de mármol.
Después de apagar el motor, Liam bajó del automóvil. Sus hombros estaban ligeramente encorvados, incapaces de ocultar el agotamiento que reflejaba su rostro tras un largo día de intenso trabajo