—¿Quieres ser mi novia, Luisa? —repitió Bruno, mirándola fijamente a los ojos.
Luisa permaneció inmóvil. Las lágrimas ya habían dejado de correr por sus mejillas, pero su pecho seguía agitado por un torbellino de emociones.
Los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior no dejaban de repetirse en su mente, obligándola a mantenerse alerta. Permanecía de pie al borde de una calle desierta, sin saber si debía creerle al hombre que tenía delante o dar media vuelta y alejarse corriendo.
Sin embargo,