Sobre la fría alfombra del despacho privado de Liam, Isabella permanecía inmóvil, arrodillada. El silencio de aquella habitación de techo alto resultaba asfixiante y amenazador, interrumpido únicamente por su respiración entrecortada. Las lágrimas que habían resbalado por sus mejillas fueron limpiadas bruscamente con el dorso de la mano.
Isabella contempló con mirada perdida los documentos con los perfiles de su familia, desordenados sobre el escritorio. Sentía el pecho oprimido, como si un eno