— Mia ¿que estás haciendo??? ¡Atiende a tus clientes y no te olvides de que debes sonreír a tus clientes! — susurró el gerente.
Así que sin más remedio Mia se acercó a la mesa, pero la rabia del odio llenó su pecho y ni siquiera podía fingir que no reconocía a Celia, y mucho menos sonreírle.
— Buenas tardes señoras, hoy las atenderé, aquí tienen la carta, por favor díganme cualquier cosa que se les ofrezca. — Dijo Mia sin ninguna expresión facial, procuraba contenerse.
Pero Celia notaba que