Esmeralda
Hasta el momento, todo había salido a pedir de boca. Habíamos paseado, conversado y ahora estábamos cenando. Todo era hermoso, exclusivo y, a decir verdad, demasiado lujoso para mi gusto. Sin embargo, él fue quien me invitó y se había esforzado por hacer de esta velada algo perfecto. Eso se lo debía, o más bien, me gustaba que sintiera que debía brindarme lo mejor. Mi amor propio lo aplaudía de pie y vitoreando, como un camionero, o como Rubí y Diamante lo hacen cuando salimos de compr