La primera vez que Viktor Koshnov sufrió una fiebre tan brutal como la que acababa de azotar su cuerpo, tenía ocho años. Fue la noche en que sus padres nunca regresaron a casa para arroparlo en la cama.
La segunda vez, tenía veintinueve. A su abuelo acababan de diagnosticarle una demencia de rápida progresión, justo después de mirarlo a los ojos y entregarle las riendas del mayor sindicato ruso-estadounidense de la Costa Este.
La tercera vez fue anoche. La fiebre que lo había dejado delirante y