A Sandro no le importaba las amenazas de quien fuera, él estaba acostumbrado a hacer lo que quisiera y como quisiera, mucho más sabiéndose dueño de la situación, para el todo se trataba de estar por encima del resto, de ser temido y era en ese momento que más disfrutaba, de ver que podría hacer con las personas lo que quisiera, porque nada le podían hacer, disfrutaba ser el maldito que era.
—¡Cállate imbécil! Si no te das cuenta el que tiene la sartén por el mango soy yo, más bien contigo, tamb