La orden tajante resonó en su cabeza. Maldito Scott McCall. Odiaba que se hubiera metido en su mente y no poder echarlo. Había pasado una semana desde aquella reunión... no, aquella emboscada. Una semana desde que debía darle su respuesta a su absurdo ultimátum.
Reprimiendo un suspiro, se disculpó con el pequeño grupo con la excusa de consultar con el personal de catering y cruzó la sala. Apenas había dado una docena de pasos cuando vio algo que le provocó un hormigueo en los brazos, que culmin