El aire frío que salía del Templo de la Luna Negra no se parecía al frío de la nieve o el hielo.
Era el frío del vacío un tipo de frío que no solo congelaba la piel, sino que también intentaba apagar la llama de la vida en el alma.
Alaric se encontraba frente a una enorme puerta hecha de obsidiana que emitía humo negro constantemente.
A su alrededor yacían los cuerpos de antiguos caballeros, conservados por la magia oscura del lugar, sus rostros congelados en una expresión de miedo eterno.
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