La sala secreta bajo el templo de plata del castillo estaba iluminada por miles de luciérnagas mágicas que brillaban con luz tenue.
El aire era frío, impregnado de aroma a incienso de sándalo y energía pura que no había sido perturbada en mucho tiempo.
En el centro de la habitación, sobre un altar de piedra tallado con símbolos de eclipse, Lucían yacía con los ojos cerrados.
Su respiración era regular, pero en la piel de su pecho, las líneas moradas de la oscuridad aún latían, intentando enc