El aullido de miles de lobos bajo el balcón del palacio aún dejaba vibraciones en el aire, una sinfonía de lealtad y, al mismo tiempo, una advertencia de la tormenta que se avecinaba.
Dentro de la habitación de la Reina, la atmósfera se había vuelto extremadamente silenciosa pero llena de tensión.
Aria se quedó paralizada, mirando sus propias manos que momentos antes habían sentido el calor de Alaric a través de la visión compartida.
Alaric no se movió; solo miró a Aria con una mirada capaz de