Se despertó a las cinco.
No porque no pudiera dormir. No porque algo la estuviera presionando. La calidad del despertar era diferente a su habitual cuatro y media. Sin urgencia. Sin hilo que exigiera ser seguido. Solo la quietud particular de una mente que había estado funcionando a cierto tono durante mucho tiempo y había, durante la noche, encontrado un registro más bajo.
Yació en el apartamento del lado este por un rato sin alcanzar el teléfono ni los cuadernos ni la línea de tiempo. Las caj