Al día siguiente, el trabajo fue un infierno silencioso.
Desde que crucé la puerta, sentí las miradas clavándose en mi nuca como agujas. Los susurros cesaban cuando me acercaba, pero no lo suficientemente rápido. Las modelos me miraban de reojo, las debutantes se reían entre dientes, los empleados de producción evitaban mi mirada.
Actuaban como si tuviera la peste.
El escándalo no había muerto.
Pensé que solo sería duro el primer día de mi regreso, que hablarían de mí hasta más no poder y