En la mañana siguiente, mientras Lenya y Arantza trabajaban en el último piso, las puertas del elevador se abrieron, dejando pasar a Nicolás. El hombre caminó hasta el escritorio y saludó a las muchachas.
—Buenos días, señoritas —articuló educadamente.
—B-Buenos días, gerente… —alegó Arantza, escrutándolo atónita, pues nadie podía subir a ese piso sin autorización a menos que fuera por un asunto muy importante.
—¿Porqué no estás en tu puesto, Nicolás? —reclamó Lenya, ahorrándose las formalidade