Esa mañana, el cielo de Bogotá estaba cubierto por un manto de nubes densas, como si reflejara el pesado fardo que oprimía los hombros de Valentina Morales.
Dentro de su habitación, Valentina contemplaba su reflejo en un pequeño espejo. Su rostro seguía pálido y las ojeras bajo sus ojos no podían ocultarse ni siquiera con una fina capa de maquillaje.
Vestía un traje formal de blazer azul marino que cubría las vendas en su abdomen, aún húmedas por la secreción de las heridas quirúrgicas que se