Por la mañana, Medellín solía traer aire fresco de las montañas, pero para Valentina, el aire dentro de la Mansión Valderrama pesaba como plomo.
Cuando bajaba las escaleras de mármol hacia el comedor, vio a los criados susurrando entre sí mientras miraban las pantallas de sus teléfonos móviles.
El ambiente se hizo de repente silencioso cuando Valentina pasó cerca.
En la mesa del comedor, Sebastián estaba sentado con una tableta en la mano.
Su rostro era tan frío como el hielo, su mandíbula a