El cielo del amanecer sobre Medellín parecía un cuadro manchado; los reflejos naranjas y morados se mezclaban con los restos de humo negro que aún se elevaban desde el puente derrumbado.
Los sonidos de las sirenas de ambulancias y las unidades tácticas del Grupo Valderrama ahora eran un trasfondo constante, rompiendo el silencio de las montañas.
Valentina estaba sentada en el asiento trasero de una ambulancia con la puerta abierta. Una manta térmica envolvía sus hombros temblorosos.
Miraba su