Isabella no respondió. No podía, no sin decir algo de lo que se arrepentiría. En cambio, salió de su oficina y caminó directamente hacia la de Dante, sus tacones golpeando el suelo de mármol con determinación feroz. Cada paso resonaba en el pasillo silencioso, como un tambor de guerra anunciando la batalla que estaba por venir.
No tocó. Simplemente abrió la puerta con un empujón y entró.
Dante estaba sentado en su escritorio, hablando por teléfono. Cuando la vio, su expresión pasó por una serie