Isabella caminó directamente hacia el ascensor, ignorando completamente las miradas curiosas y preocupadas de los empleados que se apartaban a su paso como el Mar Rojo ante Moisés. Ignoró a Roberto, quien la llamó con voz llena de preocupación genuina. Ignoró su teléfono, que comenzó a sonar insistentemente con el tono especial que había asignado a Dante, ese tono que antes hacía que su corazón saltara de alegría y ahora solo le causaba dolor.
Cuando llegó al vestíbulo del edificio, Mariana est