Tres semanas después de mudarse juntos, Isabella despertó en la casa de las colinas con una extraña sensación de que algo estaba mal. La cama a su lado estaba fría, vacía. Dante ya no estaba allí, y cuando miró el reloj en su mesita de noche, vio que eran apenas las seis de la mañana.
Se envolvió en su bata de seda y salió al pasillo. La casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa. Normalmente escuchaba música suave de la cocina a esta hora, Dante preparando su café matutino mientras revisaba