La luz del amanecer se filtraba perezosamente a través de las persianas de lamas de madera del despacho privado, dibujando finas rayas de oro y sombra sobre la alfombra persa y los restos de la caja de metal que había permanecida abierta toda la noche. El aire de la estancia todavía olía a papel antiguo, a cuero envejecido y al rastro inconfundible de la colonia de sándwich y tabaco de Rafael.
Yo seguía sentada en el gran sofá de cuero, con una manta de lana oscura arropada sobre los hombros y el viejo cuaderno escolar de t***s negras apoyado firmemente sobre las rodillas. Las páginas pasaban una a una bajo mis dedos, revelando anotaciones de mis años universitarios, esquemas de asignaturas que creía olvidadas y dibujos de perfiles hechos con una precisión obsesiva que me helaba la sangre y, al mismo tiempo, me provocaba un vuelco incontrolable en el pecho.
Los pasos firmes y pausados de Rafael resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera por completo. Entró llevando una bandeja de plata con dos tazas de café humeante y una jarra de leche. Llevaba una camisa blanca de lino con los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, exponiendo la fuerza serena de sus antebrazos. Al verme despierta, con el cuaderno abierto en la página donde aparecía mi retrato de hacía siete años, su expresión no mostró sorpresa alguna. Solo se limitó a arquear una ceja oscura, con esa elegancia felina que caracterizaba cada uno de sus movimientos.
—Veo que has decidido saltarte el café de la mañana para sumergirte en mis archivos más profundos, Vanessa —dijo con su voz ronca y magnética, acercándose con paso firme hasta detenerse justo frente a mí.
Dejó la bandeja sobre la mesita auxiliar y se inclinó ligeramente, apoyando las palmas de las manos en los reposabrazos del sofá, atrapándome en su órbita sin tocarme físicamente todavía. Sus ojos oscuros me examinaron con una intensidad tal que parecía capaz de leer mis pensamientos más ocultos.
—No es solo un archivo, Rafael —repliqué, levantando lentamente la vista del cuaderno para sostenerle la mirada con una mezcla de fascinación y un resquemor sutil que empezaba a germinar en mi mente—. Encontré este cuaderno, la cinta roja, las entradas de cine fechadas exactamente la misma semana en que Mateo empezó a acercarse a mí en la cafetería de la facultad...
Hice una pausa, midiendo mis palabras, sintiendo cómo el pulso se aceleraba en mis sienes.
—Me dijiste que me amabas desde la distancia, que me observabas mientras Mateo me ignoraba. Pero hay algo que no encaja del todo. ¿Cómo supo Mateo exactamente en qué mesa de la facultad sentarme? ¿Cómo supo cuáles eran mis cafeterías favoritas, mis gustos, los libros exactos que leía? —le confronté a medias, dejando que la duda flotara en el aire denso de la habitación—.Me pregunto si de verdad fue una casualidad del destino que el hermano menor de los Cisneros pusiera sus ojos en una chica de clase media, o si de algún modo... tú moviste los hilos desde el principio.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto. Ni un solo ruido del exterior, ni el rumor de las olas rompiendo contra los acantilados del norte se filtraba en ese momento.
Rafael no se inmutó. No parpadeó, ni apartó la mirada, ni mostró el menor atisbo de nerviosismo. En su lugar, una sonrisa lenta, enigmática y profundamente peligrosa se dibujó en la comisura de sus labios, acentuando la perfección de su mandíbula. Era la sonrisa de un depredador que disfruta viendo a su presa empezar a conectar las piezas del tablero.
—¿De verdad crees en las casualidades, Vanessa? —preguntó en un susurro ronco, inclinando aún más su rostro hasta que su aliento cálido rozó la piel de mis labios—. En este mundo dominado por tiburones y lobos, la suerte no existe. Lo único que existe es la voluntad de quienes tienen el poder de trazar el destino.
—No me rompas el acertijo con frases de magnate, Rafael —protesté, sintiendo un escalofrío eléctrico recorrer mi columna vertebral mientras su proximidad comenzaba a nublar mi razonamiento—. Dime la verdad. ¿Tú provocaste que Mateo se fijara en mí? ¿Tú diseñaste mi suplicio con él solo para tener la excusa perfecta de aparecer años después como mi salvador?
Rafael soltó una carcajada baja, oscura y vibrante que resonó en el pecho antes de alcanzar sus labios. Con un movimiento rápido y absolutamente dominante, arrebató el cuaderno de mis manos y lo dejó caer sobre la bandeja de café, cerrando la distancia que nos separaba hasta fundir nuestros cuerpos en el espacio reducido del sofá.
Sus manos grandes y ásperas se deslizaron con una posesividad implacable por la curva de mis caderas, atrayéndome hacia su pelvis con tanta fuerza que mi manta cayó al suelo.
—Si te hubiera rescatado el primer día, Vanessa, habrías huido asustada creyendo que era un loco obsesivo —murmuró su voz contra mi boca, con un timbre áspero y febril que anulaba cualquier intento de resistencia—. Tenías que vivir el desprecio. Tenías que experimentar en carne propia lo que significaba estar al lado de un hombre incapaz de valorarte, para que, cuando yo quemara su mundo y te pusiera esta corona de oro sobre la cabeza, comprendieras que no hay otro lugar en el universo donde debas estar.
—Eres un manipulador consumado... —jadeé, sintiendo que el aire empezaba a escasearme mientras sus dedos expertos recorrían la piel caliente de mi cintura por debajo de la seda.
—Soy el arquitecto de tu reinado —corrigió él con un gruñido posesivo, antes de capturar mis labios en un beso devastador, hambriento y profundo que barrió el último rastro de reproche en mi mente.
La confrontación, que había nacido de la duda y de la sospecha sobre si todo lo que me había ocurrido era una elaborada maquinación de su mente obsesiva, se desintegró rápidamente bajo la marea de su contacto físico. Sus labios sabían a poder, a peligro y a una devoción tan oscura y absoluta que cualquier intento de cuestionar su pasado quedaba sepultado por el fuego del presente.
Me empujó suavemente hacia atrás, recostándome sobre los cojines del sofá mientras su cuerpo pesado e imponente se cernía sobre el mío, inmovilizándome con una fuerza deliciosa. La luz de la mañana iluminaba el brillo febril de sus ojos negros, donde ya no quedaban secretos que valieran la pena desenterrar, porque su imperio y mi vida ya se habían fundido en uno solo.
—Ya no importa cómo empezó el juego, mi amor —susurró contra mi cuello, haciendo que arquease la espalda con un suspiro tembloroso al sentir la línea de sus dientes rozar mi piel—. Lo único que importa es quién se queda con el trono al final. Y tú eres dueña absoluta de todo lo que veo y respiro. Demuéstrame que me perteneces...
Envolví mis brazos alrededor de su cuello con desesperación, entregándome por completo al ritmo salvaje de su pasión, sabiendo que, aunque la duda sobre su mano invisible en mi pasado empezara a sembrar raíces en mi conciencia, ya no había salida posible de la jaula de oro y fuego que Rafael había construido exclusivamente para mí.