capitulo 16

La resaca emocional y física de la mañana en el despacho privado dejó un rastro denso de calor y quietud en las estancias de la mansión. Sin embargo, la paz absoluta en el imperio de los Cisneros nunca era un estado permanente; solía ser la calma tensa que precedía al impacto de una nueva tormenta.

Esa misma tarde, mientras Rafael se encontraba reunido en una videoconferencia privada con los socios principales del holding financiero internacional desde el despacho principal, decidí dar un paseo por los jardines posteriores, buscando la frescura del aire marino que se colaba a través de los acantilados. Llevaba un vestido ligero de lino marfil y sandalias planas, disfrutando de la absoluta tranquilidad de un entorno donde cada flor, cada sendero y cada rincón de cristal había sido diseñado bajo las órdenes de mi esposo.

El sonido de unas pisadas apresuradas y torpes sobre la grava del sendero lateral rompió la armonía del momento.

Me detuve en seco y giré la cabeza hacia el recubrimiento de altos abetos que bordeaba la entrada lateral de la propiedad. De entre las sombras de los árboles emergió una figura que apenas parecía conservar un ápice de la arrogancia que lo había caracterizado durante los años de nuestro noviazgo.

Era Mateo.

Su aspecto físico era deplorable. El traje de sastre de marca que solía lucir con soberbia en las galas de Cartaluz estaba arrugado y manchado; la camisa blanca no tenía corbata y presentaba el cuello abierto con desidia; las ojeras moradas bajo sus ojos inyectados en sangre reflejaban semanas de insomnio, desesperación y pánico absoluto. La ruina financiera a la que Rafael lo había condenado con su fulminante sentencia de exilio y bloqueo total de cuentas había surtido efecto en tiempo récord. El sistema bancario le había dado la espalda, sus tarjetas corporativas estaban anuladas y ni un solo socio de la región se atrevía a mirarle a la cara por miedo a incurrir en la ira del patriarca de los Cisneros.

—Vanessa... por fin te encuentro sola —balbuceo Mateo, con la voz quebrada, dando un par de pasos tambaleantes hacia mí mientras levantaba las manos en un gesto patético de súplica.

Di un paso atrás por puro instinto de defensa, sintiendo una mezcla de repulsión y fría satisfacción al ver reducido a la nada al hombre que durante cinco años me había tratado como a un accesorio inservible y me había abandonado en el altar con absoluta crueldad.

—¿Qué haces aquí, Mateo? —le pregunté con la voz gélida, cortante y firme, cruzando los brazos sobre el pecho para marcar una distancia insalvable—. La orden de alejamiento y el destierro dictados por Rafael son claros. Si la seguridad de la mansión te ve cruzando los límites de la propiedad, no responderé de lo que te ocurra.

—¡A la m****a con la seguridad y a la m****a con mi hermano! —estalló Mateo en un susurro desesperado, perdiendo los estribos mientras se acercaba más, intentando aferrarse a la manga de mi vestido con una mano temblorosa—. ¡Estoy arruinado, Vanessa! Me han congelado hasta las cuentas personales de ahorro. No tengo dónde caer muerto, los acreedores me persiguen y los bancos me amenazan con embargar hasta el último apartamento. ¡Tú tienes que ayudarme!

Solté una risa seca, corta y desprovista de cualquier atisbo de piedad.

—¿Ayudarte yo? ¿A ti? —le replicé, mirándolo desde lo alto de la dignidad que su desprecio había intentado aplastar durante media década—. Durante cinco años me hiciste creer que yo no valía nada, que dependía por completo de tus migajas, que mi única función en tu vida era aplaudir tu ego vacío y agachar la cabeza cuando te placía humillarme en público. Y el día de nuestra boda me dejaste tirada como si fuera basura. ¿Y ahora vienes a mendigar mi compasión?

—¡Tú no entiendes nada! —gimió Mateo, apretando los dientes con rabia contenida, mientras su desesperación mutaba rápidamente hacia la amenaza desesperada de un animal acorralado—. ¿Crees de verdad que fue mala suerte? ¿Crees que fue una coincidencia divina que mi hermano mayor, el intocable Rafael Cisneros, apareciera de la nada para rescatarte justo en el altar y darte este palacio?

Me quedé completamente inmóvil. Las palabras de Mateo resonaron en mis oídos con la fuerza de un martillazo, conectando de inmediato con la sombra de duda que el cuaderno antiguo de la universidad había sembrado en mi mente esa misma madrugada.

—¿Qué estás diciendo? —le exigí, sintiendo que el pulso se me aceleraba peligrosamente en las sienes.

—Estoy diciendo que te tendieron una trampa, Vanessa —espetó Mateo con una sonrisa amarga y demencial, buscando lastimarme con la única arma que le quedaba—. Investígalo si tienes valor. Rafael llevaba años moviendo los hilos en la sombra. Él financió en secreto los proyectos donde yo fracasaba; él maniobró para que yo me fijara en ti en aquella cafetería; él diseñó cada obstáculo de nuestra relación para obligarte a depender de su rescate. ¡No eres su esposa por amor, Vanessa! Eres la pieza central de una partida de ajedrez que él llevaba jugando desde mucho antes de que lo conocieras. ¡Te manipuló para poseerte!

El peso de la revelación cayó como un bloque de hielo sobre mi pecho. Aunque ya sospechaba que la mano de Rafael había estado presente en los recovecos de mi pasado, escuchar a Mateo verbalizarlo con tanta saña y certeza abrió una brecha profunda de incertidumbre en mi interior. ¿Hasta dónde llegaba la obsesión del hombre que me había coronado reina de su imperio? ¿Había sido mi vida entera un decorado milimétricamente construido por su mente calculadora?

Antes de que pudiera formular una respuesta o procesar la magnitud de la traición implícita en su manipulación, una sombra imponente se proyectó sobre nosotros desde el sendero principal.

—Parece que el gusano olvidó las reglas del destierro muy rápidamente —resonó una voz profunda, helada y letal que hizo que la sangre de Mateo se congelara al instante.

Rafael apareció doblando el seto. Llevaba la chaqueta del traje colgada del hombro, la camisa impecable y el rostro esculpido en una mueca de absoluta furia sorda. Sus ojos negros brillaban con el brillo asesino de un depredador que encuentra a una alimaña merodeando en sus dominios.

Mateo dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, palideciendo hasta adquirir un tono verdoso al ver la figura imponente de su hermano mayor acercarse con paso firme y amenazante.

—Rafael... yo solo... solo venía a recordarle a Vanessa... —balbuceo Mateo, perdiendo por completo la escasa bravuconería que le quedaba.

—No tienes nada que recordarle a mi esposa, escoria —interrumpió Rafael con un tono gutural que hacía temblar el aire.

En una fracción de segundo, antes de que Mateo pudiera intentar huir, la mano de Rafael se cerró con fuerza implacable sobre la solapa de su arruinado traje. Con una violencia contenida pero descomunal, lo levantó del suelo y lo empujó con fuerza contra el tronco de uno de los abetos, inmovilizándolo sin que el infeliz pudiera rechistar.

—Te di una oportunidad de desaparecer en el anonimato y conservar el hálito de vida que te queda —siseó Rafael a escasos centímetros del rostro aterrorizado de su hermano menor—. Si vuelves a pisar los terrenos de esta mansión, si vuelves a cruzar una sola palabra con Vanessa para verter tus patéticas mentiras de fracasado, te juro que no solo te quitaré hasta el último centavo que creas que puedes rascar en el extranjero, sino que haré que te encierren en una celda donde ni la luz del sol vuelva a tocar tu piel. ¿Te ha quedado claro, maldito parásito?

—S... sí... lo juro... déjame ir... por favor... —gimió Mateo entre sollozos ahogados, completamente desmoronado y al borde del pánico.

Rafael lo soltó con un gesto de asco visceral, arrojándolo sobre la grava del sendero como si se tratara de un desecho sin valor. Mateo no esperó un segundo más; se levantó a gatas y huyó a trompicones por entre los árboles, perdiéndose en dirección a la carretera exterior con la dignidad hecha trizas y la ruina absoluta pisándole los talones.

El silencio volvió a instalarse en el jardín, roto únicamente por el sonido del viento marino y por la respiración pesada de Rafael.

Se giró lentamente hacia mí. Su rostro, habitualmente marcado por la dureza del poder y la confianza absoluta, mostraba una inusual tensión en la mandíbula. Dio un paso hacia mi posición, extendiendo una mano grande y cálida para rozar mi mejilla, buscando conectar con la mirada que yo le negué en el acto.

—¿Estás bien, Vanessa? —preguntó con voz ronca, intentando suavizar la dureza de su tono—. Ese parásito no volverá a molestarte. Me encargaré de que la seguridad lo deporte al otro extremo del continente si es necesario.

Retrocedí un paso, esquivando lentamente el tacto de sus dedos. La duda que Mateo había sembrado con tanta malicia ya se había arraigado con fuerza en mi conciencia, transformando la admiración ciega en una pregunta punzante que exigía respuestas inmediatas.

—Dime la verdad, Rafael —le exigí, sosteniendo sus ojos negros con una fijeza helada que lo hizo detenerse en seco—. Mateo era un patán patético, pero en algo tenía razón. ¿Todo lo que pasó entre nosotros hace años... el momento en que nos conocimos, el modo en que él apareció en mi vida, mis empleos, mis cafeterías favoritas... fue una casualidad del destino, o tú diseñaste cada maldita pieza de mi pasado para obligarme a caer en tus manos?

Rafael se quedó inmóvil. El aire entre nosotros se tornó denso, pesado y cargado de una electricidad peligrosa, mientras el magnate que controlaba Cartaluz entera comprendía, por primera vez, que la reina de su imperio había empezado a descubrir los hilos ocultos del titiritero.

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