—Mi cliente no tiene derecho a responder sin mi presencia —decía Adam Coney, entrando a la sala de interrotagorios con su gran altura, cabellos castaños bien peinados, perfume de marca, buen porte y traje de ejecutivo de color azul oscuro y a la medida.
Asintió hacia Jefferson y se sentó en una de las sillas al lado suyo, al otro lado de una mesa gris, la única del lugar y que combinaba con todo lo demás: paredes, sillas y puertas, también grises.
Jefferson no llevaba esposas puestas. Iba vest