Entonces la puerta se abrió y apareció él. En cuanto lo vi, cubrí mi rostro con las manos, fue como si algo se desbordara dentro de mí. Una tras otra empezaron a caer mis lágrimas. Era él, mi Golondrina.
Se acercó, tan silencioso y seguro, al rodearme con sus brazos, me sentí otra vez en mi lugar seguro, todo iba a estar bien, ya nada malo podía pasar. Dejó un beso suave y cálido en mi cabeza, susurró con cariño:
—Mi Sirena.
Levantó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo. Y aunque l