—No te preocupes... —dijo en un susurro mientras me acariciaba el cabello—. Estoy aquí.
Su voz era suave, una melodía que no me dejaría caer a lo profundo del abismo. Después de unos minutos mis sollozos se fueron apagando poco a poco, pero el temblor en mis manos y la presión en mi pecho seguían ahí. Sentía como si me hubieran arrancado algo por dentro y aunque el llanto me había liberado, también me dejó una sensación de vacío.
Josh seguía abrazándome, sin decir nada, permitiéndome sentir e