Alan sonrió correspondiendo a su abrazo.
—Hola, tía. También me da gusto verte.
Ella miró hacia la puerta como buscando algo.
—¿Vienes sólo?
El volvió a sonreír y asintió. Ella lo conocía perfectamente, lo miró a los ojos y supo que algo había pasado. Le regaló otra sonrisa, lo volvió a abrazar.
—Vente, vente, que tengo algo de comida lista. Siempre me alegra verte, pero hoy más, ¡tengo una paella que flipas! —dijo ella, guiándolo hacia la cocina.
Mientras caminaban, Alan observó la decorac