Capítulo 10. Roma puede esperar.
Valentina agarró su taza de café con ambas manos debajo de la mesa. El calor de la porcelana hirviendo le quemó las palmas, pero no la soltó. Visualizó el acto de tirarle el líquido hirviendo directo a esa cara arrogante.
—Las resacas te vuelven vulgar, Renzo —escupió Valentina. Su voz fue un látigo frío, diseñado para cortar—. Búscate una camisa. Estás dando asco.
Renzo soltó una carcajada corta.
Diana frunció el ceño y le tapó los oídos a Alessandro con las manos.
—Renzo, por favor. Estamos d