Eran las cinco de la tarde cuando Roger se estacionó al costado de la acera, frente al complejo de apartamentos de Taylor. Le envió un texto a su celular, así que el joven salió de allí a los pocos minutos.
Subió al coche y saludó de mala gana.
—Hola, señor Croce —soltó.
—Wow, luces muy emocionado —expresó con ironía—. ¿No habías esperado mucho por esta fecha?
—Sí, pero tener que compartirlo con usted no es muy placentero que digamos. Es como si fuese un día más de trabajo —se quejó.
—Deja