La vio retroceder un paso y sonrió para sí mismo. Por alguna razón, sentía que estaban enfrascados en una especie de lucha. Como si ella le estuviera arrebatando algo. Algo que sabía que no debía soltar, y que debía aferrarse con uñas y dientes.
—¿O prefieres que te secuestren de nuevo? —continuó—. Si es así, es tu problema, no el mío. Pero primero voy a cobrarle a tu padre. Si después quieres que te secuestren otra vez, allá tú. Así que, por ahora, estás atrapada conmigo. Y si este lugar no te