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Kimberly lo miró fijamente y se mordió el labio inferior. Se preguntaba qué había hecho para que aquel hombre la odiara tanto. No era culpa suya que la secuestraran, ni que lo hubiera obligado a rescatarla. Sentía pena por su amigo si eso era lo que le enfurecía tanto... Y le agradecía su ayuda.

Pero tampoco era culpa suya.

Respiró hondo.

—Señor Adams —dijo—. Supongo que mi padre lo contrató para encontrarme. No me contestó antes y solo quería asegurarme.

Él asintió y se cruzó de brazos. —Sí, s
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