El parabrisas y las ventanillas seguían intactos. Sin embargo, la parte delantera tenía muy mal aspecto, toda torcida y abollada.
Asher metió la mano por encima de la bolsa de aire desinflada y arrancó el coche.
O lo intentó. Solo se oyó un clic, tras lo cual los faros se apagaron.
El blanco de sus ojos la miró fijamente entre las sombras. «No te preocupes. Lo intentaré de nuevo», dijo. Y lo hizo. Otro clic. Y otro más. Más clics, pero ni rastro de respuesta del motor.
«Uy», murmuró ella. Y vol