—¡Sabía que lo encontraríamos! —exclama Sarah. Por favor, dile a la niña de la fotocopiadora que, sin dañarlo, me regale dos copias y dile a Peter que se apure que vamos a llegar tarde al curso prenatal.
—Pero Sarita, ¿acaso tu esposo no llegó ya? —pregunta el Pequeño Juan.
—No nos quieren acompañar —menciona mientras acaricia su vientre y sus ojos se empañan. El hombre rasca su cabeza.
—Enana, por supuesto, que queremos ir… Y hasta la sala de maternidad, si así lo deseas.
—Ven, bebés,