Pero fue la niña la que terminó de desarmarlo.
Luvia parpadeó, revelando unos ojos grises, inconfundibles y profundos, que eran el espejo exacto de los ojos de Seraphina.
En ese segundo, el veneno que Serena había inoculado en su mente —las sospechas de una traición con Daniel, la coartada de Floren