El aire se le escapó de los pulmones con un silbido aterrador.
—¡Abuelo! —gritó Seraphina, corriendo hacia él mientras sus piernas fallaban.
El anciano se desplomó en el sillón.
En un arrebato de emoción final, antes de que el conocimiento lo abandonara, su mano derecha se cerró con una fuerza sorpr